Shannon Briggs, Fres Oquendo y los sinsentidos  -En un mundo ideal estas líneas no tendrían absolutamente ningún interés noticioso, serían más bien parte de un mal logrado artículo anticipando el inminente show de dos cuarentones que se enzarzarán a trompadas haciendo caso omiso a los consejos médicos y los evidentes achaques que ya arrastran, pero alentados por un grupo de insensatos que no ve el peligro para la salud de ambos tras ese circo en el ring.

Pero muy lejos está el pugilismo profesional de regirse en el presente por la lógica de la razón, sobre todo en los feudos de una de las cuatro organizaciones legitimadas por el Salón Internacional de la Fama del Boxeo: la Asociación Mundial (AMB), una entidad radicada en Panamá, fundada en 1962 y que se jacta de aventajar en veteranía a las otras tres con su sugerente lema, “Simplemente los pioneros”.

La institución que preside el venezolano Gilberto Mendoza hijo ya poco o nada nos sorprende con las decisiones que toma su Comité de Campeonatos. Mientras el presidente de la AMB ha reiterado hasta por vicio que el objetivo de su organización es continuar reduciendo paulatinamente el excesivo número de campeones que avala, los encargados de ordenar los emparejamientos por títulos siguen actuando como si la misión fuera la contraria.

Nada menos que ¡31! púgiles ostentan en el presente un cinturón legitimado por esta entidad que los acredita como campeones del planeta, y es oportuno recordar que son solo 17 las divisiones en las que se contiende. En esa astronómica cifra de campeones súper, regulares e interinos, cabe también destacar que no se incluye ninguno de la categoría de mayor tonelaje (serían entonces 31 en 16 divisiones).

El trono en las más de 200 libras que concede esta institución ha estado vacante desde que el británico Tyson Fury se viera imposibilitado de defenderlo por sus múltiples problemas personales fuera de los cuadriláteros, razón que obligó a la AMB a retirárselo, una sanción que igualmente implementó la Organización Mundial (OMB). Nada que reclamarle a Mendoza y compañía cuando dieron ese paso, pues el púgil de Manchester recibió varias oportunidades y más de un aviso para que aclarara su situación.

Tampoco se les puede recriminar, sino aplaudir, que decidieran poner el cetro vacante en disputa (en su versión de supercampeón) en el megacombate que sostendrán el próximo 29 de abril, en el londinense Estadio de Wembley, el ucraniano Wladimir Klitschko y el ídolo local Anthony Joshua, quien es actualmente el soberano de la división pesada avalado por la Federación Internacional (FIB).

Klitschko, campeón olímpico (+ 91 kg) de Atlanta 96, merece esta oportunidad más que ningún otro contendiente, pues par de veces tuvo que cancelar su revancha con Tyson en 2016, la segunda de manera definitiva, y se perdió todo el almanaque sin boxear esperando por el inglés y la posibilidad de vengar la derrota que este le propinara en noviembre de 2015 en Dusseldorf.

Wladimir, en la recta final de una carrera profesional muy exitosa, fue además supercampeón de la AMB desde julio de 2011, cuando unió en sus vitrinas esta faja a las que ya poseía de la FIB (desde abril de 2006) y la OMB (febrero de 2008), títulos que cedió todos cuando Fury lo sorprendió en el ensogado teutón.

El duelo Klitschko vs. Joshua, un choque generacional, entre dos medallistas dorados en citas estivales, pues el inglés ganó en Londres 2012, tiene mucho sentido tanto desde el punto de vista deportivo como –y esto ya no es de beneficio directo para los aficionados– del comercial. Ambos llevarán a sus cuentas bancarias cheques millonarios y la concurrencia masiva al Wembley está garantizada.

Que la AMB dé un voto de confianza al ucraniano, que ya habrá celebrado su cumpleaños 41 para ese entonces, y al boxeador más mediático del Reino Unido hoy en día es una cosa; otra diametralmente opuesta, más allá de todo entendimiento, es que esta semana resolviera premiar con una pelea de campeonato a otros dos cuarentones que no han acumulado méritos para tal premio en la última década.

El estadounidense Shannon “El Cañón” Briggs (60-6-1, 53 KOs) y su compatriota de origen puertorriqueño Fres Oquendo (37-8, 24 KOs), que entre ambos suman la friolera de 88 años de edad, tendrán hasta el 1 de febrero para negociar los detalles de un pleito que recompensará al ganador con el cinturón regular de la AMB (si no hay arreglo llegada la fecha, se subastarán los derechos de organización del combate).

El Cañón, con 45 años recién cumplidos, vio pasar sus mejores tiempos desde hace más de dos lustros, y su último triunfo de relevancia (noviembre de 1997) se remonta al segundo mandato del presidente de su país Bill Clinton y fue una muy polémica votación mayoritaria contra un George Foreman que andaba por la edad que Briggs tiene ahora.

Su rival, nacido en San Juan hace más de 43 años, no boxea en una pelea oficial desde que cayera precisamente en pos de esta faja regular, en julio de 2014, frente al ya retirado uwpeco Ruslan Chagaev. La última ocasión en que Oquendo lució bien ante un contrario respetable fue en septiembre de 2003, en una velada en la que fue despojado del triunfo en favor de Chris Bird, entonces monarca de la FIB.

Todo este sinsentido tuvo como punto de partida el segundo de los dos positivos del australiano Lucas Browne en pruebas antidopajes del pasado calendario. Browne perdió así el cinturón regular de la AMB que le arrebatara a Chagaev en marzo, y Briggs, su retador de diciembre, quedó a la espera de una decisión de la entidad boxística.

Lo sabio hubiese sido eliminar de una vez y para siempre el dichoso título regular, como mismo desapareció el interino en 2016, cuando la AMB decidió retirárselo al cubano Luis Ortiz por no cumplir con una defensa obligatoria. Pero el asunto de la clonación de campeones en esta organización parece una enfermedad crónica y, para corroborarlo, el ruso Alexander Ustinov, otro cuarentón con un palmarés cuestionable, ya tiene asegurada una cita con el ganador del Briggs vs. Oquendo.

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