De la Hoya y su receta personal -Si algo aprendió al dedillo Óscar de la Hoya de su gloriosa época de boxeador, que se extendió a lo largo de 16 años, fue a maximizar sus ganancias. El apodado Golden Boy podría equipararse como pugilista a lo que supuso para el mundo de la moda su tocayo, el diseñador dominicano De la Renta: en el ring, como aquel en la pasarela, sinónimo de clase, fama, dinero y éxito. Óscar era el hombre que todos querían enfrentar entre las dieciséis cuerdas para garantizar la bolsa más lucrativa.

Con un catedrático en la materia como Bob Arum tomó las primeras lecciones en el oficio de vendedor de combates durante una década de vínculos contractuales. Y después, una vez que fundó su firma promocional, Golden Boy Promotions, en 2002, cuando todavía le quedaba mucho trecho por recorrer calzando los guantes, el otrora campeón mundial en seis divisiones se dedicó a perfeccionar el arte de extraer de cada trifulca el mayor provecho financiero posible (si era con el menor riesgo, aún mejor).

Por eso no cuesta mucho entender al Óscar que por estos días ya no alterna en sus labores de boxeador y empresario y, dedicado por completo a esta última profesión, mantiene a su vellocino de oro, el mexicano Saúl “Canelo” Álvarez, entre algodones, a salvo de la amenaza real que encarna un tal Gennady “Triple G” Golovkin, nacido en Kazajistán, que carga pura dinamita en ambos guantes.

Cinco meses atrás, en la conferencia de prensa posterior al espectacular nocaut que el Canelo le propinó al inglés Amir Khan en la T-Mobile Arena de Las Vegas, el sobreprotector padrino del azteca aseguraba ante los medios de comunicación presentes que sus gustos como promotor distaban ligeramente de los del octogenario Bob, para lo cual empleó la metáfora culinaria sobre el adobo que tanto repite míster Arum.

“Nosotros siempre hemos dicho que la pelea Canelo vs. Golovkin era la próxima que íbamos a negociar, yo iba a hablarles a los representantes (de Gennady) el día 8 de mayo, el domingo, mañana. Y eso no ha cambiado, ese plan no ha cambiado. ¿Cambié mi punto de vista? ¿Mencioné alguna vez que dejaría este combate entre Canelo y Golovkin adobándose?”, preguntó a los presentes como si estuviera sugiriendo precisamente lo que planeaba hacer.

“Todos saben que mi chuleta, me gusta término medio, no me gusta muy cocida como a Bob Arum, no me gusta dejar la carne macerar por mucho tiempo. Nada ha cambiado mi manera de pensar: siempre dije que, una vez que llegara el 8 de mayo (domingo posterior al pleito Canelo vs. Khan), comenzaríamos las negociaciones con la gente de Golovkin.”

La historia que siguió a la perorata de su teoría del adobo no ha hecho más que contradecirlo: a Óscar le gusta el filete, de tan cocinado, casi quemado, y, muy importante, excesivamente sazonado. El objetivo de estos chefs boxísticos (asumo, desde mi condición de neófito) no es tanto satisfacer el paladar de los comensales como hacerlos salivar hasta que los ojos se les desorbiten, transiten por un estado de desespero absoluto y estén dispuestos a pagar incluso antes de degustar el plato.

Ahora, después de que su cliente más taquillero sumó una nueva victoria por la vía del cloroformo frente a otro británico, Liam Smith, que se encontraba en flagrante inferioridad física; con el pelirrojo tapatío dueño de un inocuo cinturón superwélter que lo acredita como campeón mundial, De la Hoya vuelve a la carga y tiene una nueva historia que venderle a los aficionados que comienzan a impacientarse con su retórica.

“Unos 30 días atrás, le hice una oferta a Triple G y su equipo. Le propuse un cheque con un número de 8 cifras. Pienso que es una oferta que duplica, triplica, cuadriplica la suma más grande que él (Golovkin) ha ganado (por una trifulca), pero no he tenido respuestas. Y esa es la conclusión”, aseguró el Golden Boy en la rueda de prensa que siguió al cartel sabatino, haciéndose eco de las palabras del propio Canelo en la entrevista que este ofreció en el cuadrilátero tras demoler a Smith.

El plan maestro de esta ocasión ya tiene hasta la posible sede de la reyerta, el AT&T Stadium de la ciudad texana de Arlington, donde el azteca se cobró a su víctima más reciente a fuerza de potentes ganchos al plexo solar y la zona hepática. Según De la Hoya, el propietario del equipo Dallas Cowboys de la NFL, Jerry Jones, estaría felicísimo con la idea de acoger ese choque de trenes en su instalación.

“A él (Jones) le encantaría esa pelea en su estadio. (…) Yo le dije, ¨Jerry, tú tienes que mostrarme el dinero¨, esa sería la condición. Porque el mensaje resultante es que Canelo no le teme a nadie. Él va a pelear con Triple G en septiembre”.

Entre tanta palabrería y desafíos estériles, lo más concreto hasta la fecha es que, en caso de que la lesión que Álvarez sufrió en su mano derecha no sea tan severa, el mexicano estará de vuelta en los ensogados para finales de año (10 de diciembre), presuntamente en el Madison Square Garden de Nueva York. Será un compromiso que marcará su verdadero debut en las 160 libras (contra un oponente de poca envergadura y algo de nombre), como paso previo al enfrentamiento con el noqueador kazajo en el otoño de 2017.

En cuanto al rey de los medianos, Gennady, su futuro inmediato ya parece entrelazarse con el del estadounidense Daniel Jacobs, en un duelo que unificaría el par de títulos más importantes (supercampeón y campeón regular) de la dadivosa Asociación Mundial (AMB) en esta categoría y que, en el papel, parece conllevar una cuota más grande de riesgos que de beneficios para la cuenta bancaria y la ya cimentada reputación del astro de Karagandá.

Exactamente esa clase de retos son los que Óscar de la Hoya no consentiría en reservar para su ahijado Canelo.

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