Evander, Roy y Floyd: el sueño frustrado de un oro olímpico -¿Qué faltó en la carrera como boxeador de Floyd Mayweather Jr. para considerarla perfecta? Sus detractores expondrán una lista interminable de razones; los apasionados del deporte de los puños que asuman una postura imparcial enumerarán un puñado, en el que con certeza aparecerá la medalla de oro que no pudo agenciarse en los Juegos Olímpicos Atlanta 1996.

Su trayecto como aficionado no incluye ningún título relevante en la arena internacional, un detalle que Money Mayweather considerará de importancia marginal en el presente, mientras duerme en un colchón relleno de millones de dólares y tarda más en elegir cada día entre su flotilla de lujo el coche que va a conducir que, entre la ropa interior, los calcetines que va a usar.

Pero es una realidad que, si le dieran a elegir, no dudaría dos veces en cambiarla, pues con algo de envidia deberá aceptar siempre que en la relación de nombres de grandes campeones profesionales de todos los tiempos, que antes tocaron la gloria en citas estivales (Mohamed Ali, Joe Frazier, George Foreman, Sugar Ray Leonard, Oscar de La Hoya), jamás figurará el suyo.

Si le sirve de consuelo a Floyd, dos astros dentro de los cuadriláteros profesionales como Evander Holyfield y Roy Jones Jr. igualmente tuvieron que aceptar resignados el trago amargo de una derrota inmerecida en la justa de boxeo olímpica. Y además, la decisión arbitral que costó la eliminación de Mayweather, en su camino al metal áureo en 1996, no se compara en lo absoluto con la que sufrió Holyfield en Los Ángeles 1984, mucho menos con la que privó a Jones Jr. de ganar el título en Seúl 1988.

Atlanta 1996: la última derrota de Floyd Mayweather Jr. en un ring

Si el rey de las transmisiones televisivas del boxeo profesional por el sistema de pago por evento (Pay-Per-View) se hubiese dejado llevar por la frustración que supuso su primera y única aparición olímpica, hoy no estaríamos hablando de Floyd “Money”Mayweather Jr., el atleta mejor pagado de todos los tiempos y dueño de un récord de ingresos por una sola jornada de trabajo que se perfila imposible de romper: los alrededor de 250 millones de dólares que se embolsó por su megapelea –devenida fiasco– con el filipino Manny Pacquiao, en mayo de 2015.

Con solo 19 años, Floyd llegó a los Juegos del Centenario Atlanta 1996 con el aval de haber ganado tres títulos nacionales Golden Gloves en un trío de divisiones (en 1993, en las 106 libras; 1994, 114 lbs.; 1996, 125 lbs.), el máximo galardón que se otorga en Estados Unidos en el boxeo amateur.

Pero aun teniendo en cuenta su éxito doméstico y la condición de anfitrión, su calidad era una incógnita en eventos internacionales, sobre todo considerando lo complicado que se presentaba, a priori, llegar al podio en la XXVI edición de la cita estival, primera a la que las naciones que antes conformaban la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas viajaron con equipos independientes.

La duda sobre su nivel técnico para lidiar con un torneo exigente, en la actualmente eliminada categoría pluma (57 kg – 125 lbs.), y con la presión de competir ante su público quedaría despejada desde el primer campanazo que escuchó el talentoso púgil de Grand Rapids en el ring del otrora Alexander Memorial Coliseum (hoy rebautizado como Hank McCamish Pavilion).

Como un huracán pasó en los dieciseisavos de final sobre la anatomía del kazajo Bakhtiyar Tyleganov, quien no aguantó el castigo más allá del segundo asalto. En octavos, frente a otro ex soviético, el armenio Artur Gevorgyan, paseó la distancia con una amplia votación de 16-3.

En cuartos le esperaba un hueso duro de roer, el cubano Lorenzo Aragón, futuro bicampeón mundial aficionado. En una reyerta muy nivelada, Floyd se impuso al caribeño por la mínima diferencia, 12 golpes efectivos contra 11, un fallo que no dejó muy feliz al entrenador del derrotado, Alcides Sagarra (timonel de la poderosa armada de Cuba durante 37 años).

Su éxito a expensas de Aragón fue el primero en dos décadas para un boxeador estadounidense frente a uno de la isla antillana, desde que Leon Spinks doblegara (RSC-3) a Sixto Soria en la disputa del oro semipesado de Montreal 1976 (Estados Unidos lideró el boicot de naciones ausentes en Moscú 1980; Cuba no asistió por razones similares –aliada al Kremlin– a Los Ángeles 1984, ni –por solidaridad con Corea del Norte– a Seúl 1988).

En semifinales, el sistema computarizado para registrar el golpeo (manipulado por seres humanos) y el búlgaro Serafim Todorov se aliaron para poner fin a las aspiraciones del favorito local de incluirse en la gran final. Fue otra refriega difícil de votar, aunque el estadounidense pareció dominar por estrecho margen a un mucho más experimentado Todorov.

En favor del balcánico se puede alegar que consiguió aterrizar sus manos varias veces en el rostro de Mayweather con la claridad que contados púgiles profesionales lo harían en los siguientes 19 años. Sin embargo, el norteamericano igualmente puede argüir que varios de esos impactos fueron ilegales (con la parte interior del guante), aunque validados por los jueces apretando el botoncito, y que el referí egipcio Hamadi Hafez Shouman no penalizó a Todorov por esta infracción a pesar de llamarle la atención al menos en cinco ocasiones.

El anfitrión, entonces apodado Pretty Boy (niño lindo), logró en el primer asalto dictar el ritmo de las acciones en la corta distancia burlando el jab de su laureado oponente, vigente tricampeón del mundo (Sídney 1991, Tampere 1993 y Berlín 1995), y conectarle varios golpes limpios a la cara. La anotación de esa primera fracción sería una premonición del resultado final: 2-1 en favor del oriundo de Peshtera.

Lo ocurrido en los últimos segundos de contienda agregó más leña al fuego de la sospecha de que el local estaba siendo víctima de un despojo. Con un derechazo Floyd redujo la desventaja en los golpes de coincidencia de los jueces a 10-9, pero cuando el tiempo agonizaba, un impacto similar de izquierda no fue contabilizado y así quedó el marcador del pleito. Para completar la controversia, el tercer hombre en el ring, Shouman, pensando que Mayweather había resultado vencedor, levantó su brazo mientras se anunciaba el fallo que beneficiaba a Todorov.

La delegación estadounidense rechazó airadamente el veredicto e incluso presentó una protesta formal ante la AIBA que, de más está decir, encontró oídos sordos. El principal argumento de los directivos de la comitiva norteña era que el jefe de los árbitros y jueces presentes en Atlanta, el búlgaro Emil Jetchen, mantenía bajo intensa presión a sus subordinados y estos, por miedo a quedar fuera de la nómina para eventos futuros (mundiales y olímpicos), se parcializaban con los púgiles de su país.

En un adelanto de la altanería que lo caracterizaría a lo largo de sus 19 años en la cúspide del boxeo de paga, el Pretty Boy expresaría días después en las páginas del rotativo New York Times: “Todo el mundo sabe que Floyd Mayweather era el favorito para la medalla de oro en los 57 kilogramos… Saben bien que no me pudo alcanzar con sus golpes. Dicen que él (Todorov) es el campeón del mundo: ahora todos saben quién es el verdadero campeón mundial”.

Atlanta puso fin a una etapa amateur en el deporte de los puños que Mayweather saldó con 84 triunfos y solo 6 fracasos. Casi dos décadas después, el 12 de mayo de 2015, Floyd anunciaba su –presuntamente definitivo– retiro oficial de los ensogados, todavía en la cima del escalafón libra por libra, convertido en el boxeador más taquillero de la historia y en el mejor de su era.

Había igualado la legendaria marca de Rocky Marciano, 49-0, ganado sumas de dinero estratosféricas y garantizado un lugar en Canastota, donde su nombre quedará inmortalizado entre lo más selecto del pugilismo profesional. El Salón Internacional de la Fama del Boxeo lo acogerá en 2020, su primer año elegible en las boletas, si es que no retorna al ring en busca de otro cheque de nueve dígitos y pospone el homenaje.

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